Hace poco me sorprendieron para bien en una estación de metro. Esperaba sentado después de que una joven me dejara amablemente un sitio para sentarme, comprendiendo que si iba con muletas (ya hablaremos de los adelantos de nuestros tiempos, en el siglo que corre, que no se haya inventado todavía nada mejor que las muletas y la escayola, me deprime y me consume) era porque realmente tenía alguna lesión (algo que los médicos, después de tres semanas, todavía no han logrado averiguar [y encima el "plan Bolonia" -me parece que muy planeado no debe estar- amenaza con arruirnar más aún la enseñanza que tenemos]).
Como ese día había decidido llevar unos pantalones cuyos bolsillos derraman cualquier objeto valioso que lleve dentro en cuanto tomo asiento, el móvil decidió iniciar una nueva vida sin preguntarme. Y sin advertirme. Sandra tampoco se dio cuenta, y decidimos subir al vehículo en cuanto llegó. Una vez dentro, con el reducido margen de tiempo que le dan a uno las puertas para acceder, dos adolescentes con estética ‘cani’ me llamaron desde el andén: “Shavá, ¿eto e tuyo?” ¡Coño, mi móvil! Con cara de incredulidad respondí afirmativamente y me hice con el huidizo teléfono. Un “gracias” tímido asomó de mis labios, algo que seguramente no oirían los dos desinteresados que se alejaban dejándome asombrado.
Y yo que creía que esta gente carecía de cualquier tipo de respeto o educación. ¿Por qué se tienen que estropear pareciéndose a esta gentuza, si luego llevan dentro un trocito, al menos, de corazón? No sé, a mí no se me ocurre disfrazarme de Spiderman, y es algo que me gustaría, aunque entiendo que a cierta gente pueda resultarle extraño, a veces hasta incómodo.
De eso discutía además una vez mientras comía, junto con mi familia, en casa. Es difícil saber, al menos para mí, dónde está la línea que separa el disfrute personal con la “norma social” aceptada, es decir, cuándo le molesta a alguien que yo vaya vestido de una manera, o que baile de determinada forma. Es cuestión de centímetros, de decibelios, de tonalidades, ¿o qué?
Por supuesto, alguien tuvo que estropearlo todo en el bus y suponer que yo, al ser joven, no necesitaba sentarme, aunque las muletas denotaran lo contrario (esta vez la mujer no comprendió el indirecto mensaje). Así, como es habitual, pude quejarme de esta sociedad en la que vivimos e irme contento para casa.