Hacía tanto tiempo que Costa Gavras no miraba las cosas desde la cima, que ha tenido que recurrir a dos de los grandes: John Travolta disfrazado de monitor de tiempo libre con una escopeta como silbato, y por supuesto bailando, como siempre, aunque sea al ritmo del cántico imaginario de un indio del museo que le ha llevado al desastre; y el bueno de Dustin Hofman, recién salido de un Estallido y con sueños contradictorios por Sleepers, agarrando fuerte la batuta en el filme y controlando la situación hasta que se le escapa de las manos, como suele ocurrir.
Al que no se le escapa de las manos es a Tom Matthews, con un guión esbozado desde el dibujo que ya terminara Billy Wilder con su Ace in the hole (El gran carnaval), en el que Kirk Douglas anda en busca de un reportaje sensacionalista que le permita recuperar su posición dentro de la profesión (igualito, igualito). Un par de giros al final permiten soltar la poca tirantez acumulada durante el resto de la cinta, aunque ante las bondades de Travolta con cara de hermanita de la caridad, uno se puede ir oliendo algo. Lo único que nos hace adivinar la desesperación del poco carismático secuestrador son las ojeras maquilladas y la barba de dos días que se intuye llegando el desenlace. Hoffman, con un personaje un poco más redondo, se da cuenta de lo terrible que es ser periodista, y se coloca un corazón postizo para intentar hacernos creer que un homicida -como los que estamos hartos de ver en la tele, importados desde los EEUU con un rifle de asalto en escuelas donde se les da más importancia al bullying, a pesar de ser una situación que se repite a menudo- es un héroe nacional porque lucha por su familia, un valor muy estadounidense. Y deja al espectador con un sabor agridulce donde el malo es el trabajador y el bueno es quien usa la violencia. Digno de donde es.
Pero el compromiso social del director va por otro sendero. Denuncia ferozmente la falta creciente de ética en la televisión actual, donde prima la búsqueda y hasta la creación de noticias llevándola hasta el peor de los límites. Aunque lo cuenta con una arrítmica narración en la que nos perdemos una vez que entramos al tedioso museo, y que sólo tiene puntos de inflexión en las absurdas salidas de Hoffman al exterior para volver a entrar, sin más, ante la mirada atónita de una policía inútil y de relleno. Los planos televisivos están bien conseguidos y demasiado utilizados, poco movimiento que le quita tensión al asunto.
No sabemos si la ciudad se vuelve loca o no, pero viendo la traducción del título en español (El cuarto poder), casi preferimos quedarnos con esta, ya que es casi imposible adivinar cómo se siente el público si no es a través de las palabras del periodista, que además mantiene una artificial disputa con su rival más directo en televisión, quien intenta fastidiar la historia de una forma (también) muy inocente. Como la estela que deja a su paso la película en sí.