Metí la mano en el bolsillo porque no tenía dinero para beberme otra cerveza mientras veía Maga con Luis en esa sala tan pequeña de cortinas de salón ochentero, donde siempre había ese olor peculiar de casa de abuelos, y un cenicero de grandes dimensiones dispuesto a asumir las cenizas consumidas de un tabaco capaz de acabar con cualquiera, una metáfora directa del estado de mi ánimo.
En él mis llaves, mi móvil y un llavero nuevo, muy divertido y curioso que el grupo obsequiaba con la entrada (qué menos, 10 euros, aunque el acústico los valía). Fue en ese momento cuando Bilbo asomó a mi recuerdo, “Acertijos en la oscuridad”, y un Gollum desesperado intentando adivinar qué llevaba el hobbit dentro de su bolsillo. Acaricié el anillo que, aferrado a las llaves, devolvía a mi corazón el mismo dolor de Eric Draven, que en la escena final enviaba directo a su enemigo, asesino de su novia. Y caía después en un vacío sin retroceso, como él, mientras de fondo la magnífica música del grupo sevillano, con unas letras que conseguían provocar una mueca de risa en mi cara, esbozada por su sutil capacidad para criticar a la procesionaria estupidez sevillana.